Historia de un mirador

Hoy apareció la última entrega de nuestro paisano, el escritor faite: Miguel Coletti en el suplemento Variedades del diario oficial El Peruano.

Coletti nos trae a la memoria, a través de sus certeras pinceladas, imágenes de María Reiche, la sabia del desierto, a partir de su encuentro con su -también chalaca- discípula, Ana María Cogorno, quien hace un gran esfuerzo porque la vida y obra de María no sean tragados por las aguas secas del desierto que es nuestra memoria de peruanos.

Provecho con la lectura, Reiche Coletti:

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Currarino, guardián de imágenes

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Portada de Ojos Propios. Don Humberto cedió varias imágenes para esta edición apoyada por ManoFalsa.

Quien haya tenido intenciones de conocer la historia del Callao, de seguro lo ha visitado en su querida La Punta. Seguramente, al despedirse, al emprender el camino de vuelta… aquellas imágenes de ultratumba, tranvías, embarcaciones, edificaciones, pescadores, migrantes, doncellas… continuaron desbordando sus ojos, su mente y, de ser chalaco el interés, expandiendo orgullosa y nostálgica su alma porteña.

manofalsa no olvidará aquellas contadas reuniones de amor y aprendizaje. No se trata solamente de un desinteresado amante de la fotografía, poseedor de un archivo impresionante, era más que todo eso. Tanto más que no encuentro una palabra y prefiero un minuto de silencio para recordar todo eso.

La brecha generacional lo convirtió en algo así como un “abuelo” al que hay que escuchar con atención, un vínculo fuerte con evidencias de lo que fuimos, de lo que fue un Callao que no volverá.

Humberto nunca quiso que lo entrevistemos, que acreditemos las imágenes que compartía con nosotros para diversas publicaciones… Ahora que no puede quejarse de homenajes comentamos brevemente lo que significa para nosotros, el respeto, la admiración y la misión que heredamos y que tiene que ver con proseguir la documentación, incentivar a los nuevos chalacos para reconocer y recuperar su patrimonio antes de que desaparezca para siempre.

Hasta pronto, Humberto.

Un gallito

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Por Miguel Coletti

Mi padre había improvisado un corral de aves en la azotea de la casa. Maderas viejas se habían juntado al azar por los tiempos de crisis para sustentar un dispensario de carne fresca en el rincón más olvidado de la casa. Un rústico hospedaje para aves separado por clases sociales. En aquellos tiempos de fantasías pre-adolescentes yo imaginaba que mi casa era un barco que surcaba las aguas de un mar tranquilo. No como ahora que siento que ya encallamos y empezamos a hundirnos en la bravura de un remolino. La azotea constituía la extensa cubierta de mi barco, el mirador que me acercaba a esas otras aves que me zumbaban la cabeza, las aéreas e inalcanzables como los alcatraces y piqueros que flotaban hábilmente con sus quejidos atravesando el cielo marino, haciendo escuadras con el rumbo del mar que esperaba mostrando su carnada de peces. Se veía el mar del Callao, la miseria de la barriada próxima rodeada por nubes malignas y las crestas de las olas, reventando su cuerpo de agua sobre los contrafuertes del puerto.

El barrio hervía de bullicio en el verano, los días de sol que coincidentemente eran los domingos, daban ganas de disfrutar la vida. Estos días de verano, los cuerpos de los delincuentes callejeros agitaban las manos y se deshacían de los polos mostrando su piel morena en carne viva y exhibiendo los tatuajes de tinta china realizados con la infinita paciencia del encierro carcelario, el achote falso le colgaba. El tatuaje simbolizaba el recuerdo imborrable del dolor y la venganza permanente sellada en la epidermis. La espuma de la cerveza bajo cero hacía retroceder el calor de sus cuerpos delincuenciales a temperaturas normales.

Los otros meses, que eran la mayoría en el año, andábamos con mucho cuidado por las calles para no resbalar por la fina llovizna. Las calles descansaban, quedaban solitarias, convertidas en amplios pasadizos sin salida, cuadras enteras sin rostros. Los pocos habitantes que desafiaban el frío porteño fumaban y se protegían con gruesas chompas que solo dejaban ver sus ojos fríos. La humedad intensa, por esos días, era causante de enfermedades pulmonares sin remedio.

Entre la madera vieja de caca de ave pegoteada y un profundo olor ácido, se distinguía el color fulgurante del gallito chileno, Cholito, un gallo de plumas coloridas, de pecho dorado, que destacaba del resto por su estampa y aspecto avanzador de pocas pulgas, de paciencia nula, mirada violenta y nerviosa. Su andar ecléctico hacía figurar su temperamento violento -con el cuello que saltaba.

Esta ave, que mi padre respetaba y amaba, era el orgullo del corral, con todas sus atenciones y clasismo implantado a todo el grupo de gallos chuscos que luego de inocular de otras aves a las poderosas gallinas negras y rojas que vivían separadas del resto, pronto perderían su valor y presencia ante la vida e ingresarían a nuestro estómago en forma de bolo alimenticio como carne dura.

Apenas mi padre llegaba de su trabajo en la playa, visitaba el corral y acariciaba el avecilla con un amor desmedido, espantando a los otros y hasta viéndolos con rencor por compartir el “claustro” con ella. Examinaba su cuerpo detenidamente en busca de alguna cicatriz o alguna suciedad. La tomaba por el buche y le daba besos rápidos como picotazos, como si él también fuera un gallo fino, amoroso. Mi Cholito -decía emocionado- pronto cumplirás 18 meses y tendrás que enfrentar la muerte instintivamente. Irás a pelear a la Casa Roja.

Era inmenso el amor que mi padre había desarrollado por el animalito. Tal vez había dirigido sus inmensas penas a un ave que sí le correspondía el cariño ofrecido dejándose acariciar como un ser domesticado. Mi padre había puesto lo mejor de su educación al cuidado del gallito de pelea. Cuidaba de su higiene, limpiaba con sumo cuidado sus excrementos en la división -cárcel dorada- que había hecho en el corral. Parecía venerarlo cuando actuaba sirviente. Respetaba al gallito más que a un humano y veía en el ave a todo un guerrero transfigurado, un gladiador alado que había tomado el cuerpo dorado de un ave celestial.

Casi todos esos meses, antes de la “fuga” del Cholito, mi padre se la pasó dentro del corral como un gallo más, por supuesto, solo como un asistente lacayo menos fino que servía al famoso Cholito.

Había traído a todas sus amistades a ver al gallo, futuros compradores o adversarios del Cholito chileno. Luego que despedía a sus ocasionales amigos bajaba a la casa, donde ya casi no lo veíamos rondar la cocina. Descendía la escalera dando exclamaciones y comentarios sobre la mala vibra reflejada en los ojos de sus interlocutores. He visto su envidia por mi ejemplar. Extrema codicia reflejada en las pupilas de sus ojos. Ya no se puede confiar ni en los amigos y, luego de una corta charla sobre las extrañas costumbres de las aves de corral, abandonaba la mesa donde había interrumpido alguna conversación diferente propuesta por mi madre quien soportaba la locura de mi padre como si fuera algo estacional pero repetitivo en su vida. Él, monotemático, volvía a la azotea.

Cholito, abandonó el corral, su celda dorada, antes de cumplir los 18 meses y ser reclutado por el gallódromo más exclusivo del puerto. La fuga del gallito chileno elegido continúa siendo un misterio en mi mente, pues no existe posibilidad de que abandonara una vida tan confortable. ¿Fue entregado al viento o al mar como sacrificio o fue tragado por la familia secretamente, tal vez sin saberlo, en algún estofado casero para llevarlo eternamente como parte de sí en las entrañas? El gallo chileno escapó de su limpia habitación un día de frío en el Callao. Mi padre no se lamentó y buscó otro pasatiempo al día siguiente. El kikirikí no alcanzó, bello y bravo a enfrentarse con los gallos de estirpe, ni a usar navaja, ni a enterrar el pico, ni a morir ni matar…

Bares de Polanco / por Miguel Coletti

Bares-de-Polanco

Una nueva entrega de estampas chalacas por Miguel Coletti. El autor chalaco, cofundador de Manofalsa, visitó a Carlos Enrique Polanco en su atelier y conversó con él sobre sus pasos chalacos. Polanco no solo trabajo en su juventud en el primer puerto, se paseó también a sus anchas entre el sórdido glamour de sus bares, hoy en decadencia, sin dejar lo pintoresco, el aroma porteño…

Lee aquí el texto completo aparecido en el suplemento Variedades n° 350 publicado hoy, 30 de mayo de 2014.

Moral de fotógrafo

Hijo de Ricardo Palma por Moral

Hijo de Ricardo Palma por Moral

En la historia de la fotografía en Perú es ineludible el capítulo referido al Callao. Cualquiera que se inicie en el tema se dará cuenta inmediatamente que los estudios más importantes se localizaron en el primer puerto o, en su defecto, no era tanto que disponían de una sucursal chalaca, en realidad, los estudios porteños tenían sucursales limeñas.

En los últimos años, este aspecto se ha expuesto más con las publicaciones que un amante incurable de la foto (y las postales) ha impulsado. Don Humberto Currarino se ha encargado de sacar de las sombras los nombres y la obra de artistas como Luis Sablich Solera, Leopoldo Emilio Reutlinger y otros que chalacos reales u honorarios (recordemos nuestra esencia migratoria) se establecieron como fotógrafos o editores.

Manuel Moral Vega es uno de ellos. Proveniente de Portugal, en 1895 ya se encontraba en nuestro puerto instalándose con la marca Manuel Moral – El Callao en su local del N° 17 de la calle La Misión (hoy Gálvez). Definitivamente se ha ganado un lugar en la gráfica nacional, no solo por sus imágenes que retrataron el temperamento y la fisonomía de una época. Tanto en sus publicaciones propias como Prisma y La Ilustración Peruana y otras que conforman una época dorada de la edición en Perú se documentaron sucesos históricos de una manera que seguro fue impactante para esos años.

Este año, al cumplirse 100 años de su muerte y en el marco de la II Bienal de Fotografía de Lima, la Casa O´Higgins PUCP presenta la exposición “Manuel Moral, fotógrafo y editor: la esfera pública y la imagen de la nación en la Lima del 1900”. No dejes de visitarla en el Jr. de la Unión 554, Cercado de Lima, hasta el 18 de mayo (martes a domingos de 10:00 a.m. a 7:30 p.m.). El ingreso es libre.

Más detalles sobre Moral y la muestra aquí.

chileno & chalaco en paris

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parte de las memorias migrantes del paisano chalaco Cónsul Madrépora -miembro de la plana docente del Real Colegio Patafìsico del Callao,  durante sus jornadas demoledoras en París

Mi primer trabajo para Lionel fue en Aubervilliers. Era la primera vez que descendía a las entrañas de un edificio para vaciarlas. Lo encontré donde acordamos en su camioneta blanca destartalada, empolvada, disfrazada de gitano, que llenaríamos innumerables veces con el contenido de estas cavas. Con el dinero que gané pude ir a Cerdeña en verano.

Sin embargo, Lionel me dio mucho más que estabilidad económica en Francia. Lionel me entregó al tiempo, cuando me incluyó en sus demoliciones, un hermano argelino: Ramdame. Justo y protector como todo bereber. Armado de paciencia, Ramdame, me enseñó lo que debía saber para destruir sin destruirme. Sobre todo, me convirtió en amazigh.

Lionel también me dio una llave para entrar a edificios de grandes diseñadores, fabulosos departamentos en el 16ème o maravillosas casas en las afueras pero también submundos en Belleville o el norte de París, ratoneras devastadas como bombardeadas durante la Segunda Guerra. No es curioso que la imagen de aquella Europa reapareciera una y otra vez trabajando en esas cavas donde es fácil imaginarse a decenas de familias guarecidas del espanto.

Luego y siempre, está el café. Cuando Lionel nos visitaba de tiempo en tiempo en el chantier con su eterna sonrisa y paso cansado, nos contaba alguna novedad en francés chileno y nos llevaba a algún café cercano. Allí lo poníamos al tanto e iniciábamos charlas sobre política, cultura, geografía, conflictos en medio oriente que se extendían en francés a través del periférico y atravesaban Argelia, Santiago y el Callao para terminar expulsando el contenido de su camioneta allí donde termina la Propreté de Paris.

Cuando el negocio creció vino el cambio de camioneta. Más nueva y grande, requería en ocasiones de unos cuantos brazos más. Fue allí que Edgar, un amigo cuzqueño, reforzó el equipo. Edgar, como otros peruanos que trabajan en estos affaires, me comentó del trato que les daban nuestros compatriotas, sus empleadores; sin embargo, con Lionel nunca conocí problemas. Salvo alguno que otro retraso; ningún atraso.

Tanto así que yo recibí ya de regreso en Lima mi última paga y luego una llamada, la única y última que recibí de él aquí, tan cortés y cordial como siempre. De hecho, no recuerdo haberlo visto de mal humor ninguna vez; esto parece increíble trabajando en París.

Me arrepiento ahora que Lionel no puede leer estas cuantas líneas de no haber devuelto la llamada durante estos años y agradecerle por todo lo que quizás insospechadamente me dio.

La última vez que nos vimos Lionel me regaló una bella edición de Prométhée ou la vie de Balzac, el libro tiene un epígrafe de Nerval: Parlons un peu de Balzac, cela fait du bien. Yo digo exactamente lo mismo de Lionel.