Come Callao

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Este 26 de abril desde las diez de la mañana se realizará Come Callao donde los chalacos podrán degustar lo mejor de la producción de los restaurantes del puerto.

La feria contempla un Concurso Culinario.

El ingreso es limitado así que asegúrese un espacio temprano.

 

 

Cementerio Puerto

Pequeña semblanza del antiguo Cementerio Británico

“Si no viví más, es porque no me dio tiempo”.

Epitafio en la tumba del Marqués de Sade

Escribe: Miguel H. Coletti

Desde la avenida Guardia Chalaca, el antiguo Cementerio Británico de Bellavista parece una fortaleza inexpugnable de gruesos muros verdes que la hacen imposible para los bandidos que trepan paredes como gatos y buscan tesoros ajenos. Así vive esta reliquia del patrimonio chalaco, un museo a perpetuidad sin vigías en sus torres, sin alertas que la protejan del mal común (porque no las necesita), resplandeciente y opaca para el público, aferrada a la vida lujosa de sus muertos, como un cementerio de antiguas joyas y celebridades de un pueblo que pasa por fantasma para la cultura, el antiguo Británico resalta por su imponente belleza en medio de la vorágine de violencia que sacude a los barrios del Callao.

Este Cementerio Puerto es una reliquia de la antigua Bellavista, uno de los pocos monumentos históricos de época que se conserva casi intacto luego de la guerra de independencia del Perú. En ese entonces la hermosa Plaza Isabel La Católica y sus alrededores se convirtieron en el cuartel general de los independentistas, quienes  lanzaban poderosos cañonazos que recorrían el cielo en parábola hasta la Fortaleza del Real Felipe donde resistía heroicamente el ejército realista.

El cementerio también ha soportado los bombazos de la guerra interna en el Perú; un feroz coche bomba estalló en la puerta de la Comisaría de Bellavista (vecina del cementerio) en abril de 1992, desatando un panorama infernal, varios cuerpos de mármol fueron mutilados, lápidas rajadas y estatuas de los mausoleos que fueron descabezadas por la onda expansiva.

Acudimos puntuales a nuestra cita con el sociólogo e historiador del Callao Alberto Paz de la Vega, chalaco de nacimiento y ex director de Cultura del primer puerto a quien encontramos en la puerta del Británico acomodando sus lentes de medida.

Nos recibió amablemente “El Chino”, antiguo vigilante de marrón, quien junto a su gato blanco, Gringasho, quitaron la tranca del portón y fuimos invitados a percibir ese bello panorama del jardín bien cuidado del cementerio, la fragancia de las flores mortuorias, y los mausoleos de lujo. El recorrido por las tumbas lo realizamos junto a nuestro entrevistado y al gato, quien, pasos adelante, iba moviendo su cola con nobleza, parecía adiestrado para ser un buen anfitrión con los visitantes y servir de guía. Señalaba el sendero inmortal haciéndose inmóvil en las lápidas “importantes” con sus patitas silenciosas y sus orejas en punta, así nos condujo hasta un fino mausoleo donde pudimos leer en grandes letras góticas:

James Faulkner

1827-1893

Brooklyn(NY)-Callao

 

Y a su costado otra tumba impresionante sobre el fino grass decía:

James Hart

Born in Glasgow Scotland 1918

Este cementerio alberga las tumbas de famosos personajes quienes se establecieron en el Callao, “cuando el Callao era inglés”. Así nos refiere Paz de la Vega, quien conoce este lugar al detalle.

El antiguo cementerio Británico fue construido a pedido de la corona inglesa y tuvo su primer residente en el año 1835, el oficial de navío inglés William Russell Drumond, quien murió como resultado de un impacto de bala de mosquete en la rodilla recibido mientras ayudaba a poner fin a un motín en el Callao.

Aquí era enterrada gente de diferentes partes del mundo. Eran, por lo general, viajeros europeos de clase media quienes se habían embarcado como muchos de sus paisanos en el proyecto de “Hacer la América”. Eran enterrados en este lujoso cementerio porque no profesaban la religión católica: budistas, judíos, protestantes, islámicos, etc.

Podemos encontrar lápidas de ciudadanos de regiones lejanas y puertos escondidos:, neozelandeses, belgas, canadienses, checoslovacos, yugoslavos, rusos, suizos, judíos, chinos, japoneses, estadounidenses, etc. La mayoría de estos personajes y sus descendientes participaron (y continúan participando) en la consolidación del sistema económico, cultural y político del Perú después de la guerra de la independencia.

La historia del antiguo Cementerio Británico ha podido registrar enfermedades y pestes de interés médico, como la plaga de Fiebre Amarilla que azotó Callao y Lima en abril de 1868, cuando en solo dos meses más de 200 ciudadanos alemanes, sin contar británicos y peruanos, murieron de dicha enfermedad. Otro incidente que se registra fue la plaga de la Viruela Loca en 1879.

Gato de cementerio

El gato blanco nos conduce ahora por los mausoleos más lujosos, los de las familias europeas y sus descendientes como la familia Oeschle, los Kieffer, la familia Backus, los Lindley. Encontramos Las tumbas de ingenieros escoceses, que llegaron para construir el ferrocarril a La Oroya y murieron del terrible mal del paludismo. Entre tantas personalidades podemos mencionar a la luchadora social Dora Mayer Loehrs, ciudadana alemana que llegó al Callao a la edad de 4 años y vivió en el barrio de Chucuito-Callao. Ella se encuentra sepultada en la tumba C-12.

Otro de los personajes es Víctor V. Morris, aventurero norteamericano que, según la tradición popular, es el creador del pisco sour y fue el dueño del legendario Morris Bar del centro de Lima.

El recorrido termina hasta donde nos acompaña el gato, en el impresionante mausoleo de Juan Gildemeister. Este personaje, nos refiere el entrevistado, fue un comerciante e industrial nacido en Bremen-Alemania, el 16 de junio de 1823 y venido al Perú por el año de 1843, cuya fortuna se inició a raíz del maretazo de 1868 que destrozó los almacenes de los puertos del sur del Perú dañando el salitre que en ellos se encontraba esperando su embarque a Europa. Antes de que la noticia de la catástrofe se diera a conocer, adquirió los almacenes del salitre en Europa, lo cual le valió generar una gran fortuna personal. Este personaje murió en Lima el 31 de mayo de 1898, dejando un legado importante en la disciplina del Tiro peruano, pues el título más importante de este deporte lleva su nombre.

El gato nos hace una reverencia con la cabeza para despedirse y comprendemos que el tiempo pasó muy rápido, nos vamos imaginando lo que no preguntamos mientras nos despedimos de nuestro entrevistado; las apariciones a plena luz del día, los gritos de dolor en plena peste o pedidos de ayuda en el ahogamiento, ruido de olas y las cadenas que se arrastran por los suelos generando chispas, los brindis y sonrisas plenas como si se tratara de una fiesta de época donde las parejas bailan valses y polcas con antifaces. Seguro el cementerio se llena de luz por las madrugadas, el gato blanco se siente como un pez, la atmósfera se enrarece y es muy común distinguir siluetas de marineros en la oscuridad, capitanes de 7 mares, los trabajadores fantasmas, navieros de grandes mostachos con anclas de tatuaje en el brazo rugoso, mujeres de cabello liso y traje blanco llorando entre las tumbas.

Hoy, el cuidado de este hermoso cementerio se encuentra, felizmente, a cargo de la Asociación del Cementerio Británico (British Burial Ground), quien lo mantiene pulcro y radiante, mientras afuera, en las calles del puerto la vida continúa valiendo monedas, la delincuencia de los gobernantes se crispa de boletas sin valor, la explosiva guerra inmobiliaria sangra y los balazos, como cañones, surcan el aire violento en una guerra que no se sabe cuándo acabará.

Máquina chalaca por Laurent Golon / residencias Manofalsa

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Durante el verano de 2007, el colectivo de gestión cultural chalaco Manofalsa organizó la residencia del artista plástico parisino Laurent Golon en el Callao. Golon, acompañado por Isabelle Krzywkowski (especialista en vanguardias europeas; antigua colaboradora de Manofalsa) concibió la Máquina Chalaca, una escultura móvil cuyos elementos, casi en su totalidad, fueron obtenidos a partir de despojos marinos encontrados en suelo chalaco (el corazón electrónico: Paruro).

El escultor parisino residió, junto a nuestra prima, ciudadana chalaca honoraria, Isabelle en una residencia de Santa Marina algunas semanas que le permitieron adherirse la atmósfera portuaria a la que descendió acompañado por gruesos homeros y bárbaros atilas. Así tocó piedra punteña y mar pacífico refrigerante, chicharrones y gelatinas de chinos en el Mercado, entre otros menesteres ineludibles en el puerto.

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Rosada, emulando el músculo pelotero y representativo pero también la carne como si la pintura en aerosol pudiese impregnar a nuestros desechos cotidianos de algún hálito de vida, sonora y móvil… se abrió paso desde su principio en aquella azotea chalaca que fuera hogar pasajero y punto de encuentro, con su paso de pato, quizás de dios entre los hombres cuyas alas y pasado aéreo entorpecen la marcha…

Golon lleva años pensando, haciendo y rehaciendo estas instalaciones móviles y sonoras. Muchas de ellas a partir de tecnopor. Múltiples travesuras con los Phonogénistes, armando instalaciones sonoras en las que el público puede participar.

La algarabía de cualquier noche chalaca en la azotea, al calor de la parrilla, capturó la presentación en sociedad desta Máquina Chalaca que descansa en estos momentos en el fondo marino junto a la antigua ciudad hundida bajo el Callao esperando el retorno de nuestro primo Lorenzo.

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Pascuas seniles por Julia Wong

De nada valen las mesas decoradas
Los galanes. Me falta algo tan preciado
Tan completo…. tan hecho a mi medida. Esa calle
Que termina allí donde yo empiezo.
Va la tarde sin estar invitada, se escapa por el malecón
Por las rendijas de los edificios cobijados por pericias.
Va su tráquea ronca impune
Diciendo adiós en un auto azul y desaparece en la calle…
Febril en la cuerda floja.
De nada vale nada, el estudio de la materia y su reproducción
Su fábrica de honores , premios , larvas celestes.
De nada vale la miel impía si sus huesos corroídos me dan la grave lección
De la pascua.
Vieja rama , laurel de chacra …. Pies que ya no podrán expresarse en la cancha azul
De los fervores ecuestres juveniles.
Cómo he de pedirte Dios perdón, como he de decir madre existe la gratitud o todo es
Parte de la masa molecular financiera. ¿La vida vale lo que el soplo bancario lo permite?.
De joven mi vieja iba al Callao y miraba como los vapores
llevaban la carga de menestras que ella mes a mes había recogido
Para alimentar el estómago del mundo.
Ahora mi vieja tiene los pies chuecos, la mirada perdida. Las caderas con clavos.
No se acuerda del Callao , ni del muelle.

…del Puerto República de Canadá City

ImageLuego del maremoto que invadió de algas marinas y cangrejos nuestras costas y derribó el recio casco histórico y  el antiguo régimen esclavista porteño en octubre de 19.., se consolidó el nacimiento del puerto república de Canadá City. En ese tiempo, antes que el mar volviera a su nivel, llevándose el alma del puerto,  Canadá City era el corazón financiero y cultural del puerto del callao, una especie de centro filatélico postal del mundo. A sus tiendas de retratos llegaban viajantes de los lugares más remotos a enmarcarse para la posteridad  en fotos artísticas o daguerrotipos donde Curret y Sablich. El callao era entonces la nube guía de los puertos del Virú y  los comerciantes más poderosos de la otrora ciudad de los reyes abandonaron sus  ranchos solariegos rimenses a causa de su extremo aburrimiento y cucufatería (misa tres veces al día, olor a   palosanto y almizcle para espantar al diablo) e instalaron sus grandes almacenes frente al  prodigioso mar que exportaba su preciosa mercancía al mundo, como  la vainetiila(cal impalpable) y el guano de isla que muy pronto los seguiría enriqueciendo hasta explotar; los antiguos colonos no habían encontrado a su llegada mayor población indígena en las costas marinas, más que una colonia de amables pescadores aimaras en una pequeña playa llamada Chucuito  o Piti Piti, que ni se percataron de su presencia. No encontraron lobos marinos,  ni abundancia de gaviotas, piqueros ni guanayes, tan presentes en las costas del sur,  y menos aún, el indicio de una  lengua oficial que dirigiera el reino baldío, así que impusieron sus lenguas comerciales de inmigrantes conquistadores, con algo de  pescado y limón, y en ese tiempo  se habló  en el resucitado Callao, español, aimara, inglés, italiano, griego, irlandés, alemán, judío y otras lenguas modernas entre las calles. Fue por una razón  de afinidad que los pobladores negros de las barracas o barracones, que fueron traídos para construir el nuevo puerto y la aduana,  acogieron el idioma español mezclado con la base rítmica de sus antiguas lenguas africanas dejadas y traídas a veces del olvido.

 

En sus primeros rastreos de la nueva tierra, encontraron en el norte del territorio indicios de poblaciones anteriores, redes pescadoras, mullu, turquesa, instrumentos líticos como cuchillos, mates y pectorales que  adornaban un esqueleto calcinado por el sol, pero conservado por la sal y la arena vaporosa de La Pampa de los Perros y la Playa del Paraíso,  a ese primer hombre desenterrado  lo llamaron “Hombre Rupestre del Paraíso”.

La maravilla natural del mar,  el espectáculo de la mar brava y la lengua de tierra  que terminaba en una fina roca puntiaguda que se incrustaba en el agua y que vislumbraba en el horizonte una isla  inalcanzable los enloqueció hasta el amor. Mientras que en la tierra una ciudad violenta como Canadá  City desarrollaba las armas, desenvolvía su maraña faite en todos los puntos cardinales del odio y el respeto por los semejantes.

La Reja

Fue en la inspección submarina de la malacosa playa de  La Reja-un refugio marino  sitiado por cuevas naturales y una reja de metal que separa a los bañistas por clases sociales- donde recogí unos salvajes ejemplares de fauna marina que cortaban con sus filosas tenazas la red de pescar que extendí en el agua picada. Colectados los “crustaceos”,  pasé por sus antenas un cordel de pescar caliente  que resultó en un   hermoso collar de cangrejos vivos que hacían sonar sus filosas tijeras  alrededor de  mi cuello salado haciendo mucho ruido y calando mi piel hasta las heridas.  Mientras ellos zurcían barrotes sobre mi epidermis,  recordé por asociación y sorpresa, mientras volvía por el camino de la playa hacia la pensión del Aromito,  las  conversaciones alturadas que flotaban en la mente acuosa  de hace 14 años y  me conducían por un sendero  faite de la calle Cochrane en el centro del Callao detrás de una reja de mercado , conversaciones serias para mi espíritu aprendiz, charlas gruesas de asaltantes de puerto y bultos de madrugada que se escondían debajo de las tapas de desagüe,  de baile con discusión y cuello dispuesto, plomazo entre vaporinos y oilers, boletos  de muerto con falso al amanecer en el rumbo  de la adivinación y la brujería  porteña, la desconfianza del pintao y del charly contra el rencor del trinchudo que reclamaba su lugar en el puerto choro, la angustia de la madre  chalaca castradora  y la espera de malas noticias,  el desprecio por la vida del hijo ladrón , el cuerpo  baleado del semejante, el cerebro del Callao gobernado por la vaina.

Estas conversaciones  antiguas me trasladaban por una máquina del tiempo boba, hacia años remotos e indescifrables cuando me fue presentado a muy temprana edad por un pariente ahora perdido,  el genial viejo Federico Mutis, célebre guardián del mercado central del Callao. Llave principal. Cunda discreto, siempre de camisa diamantada y léxico picante.  En su época de ser había llegado a  boxeador profesional de barrio, noqueador de quijada fuerte,  partidor de almas, valiente, un recio estibador del TMC.  Era ágil y aguerrido como todos los de su especie a la hora de circular la chaveta y hundir el frío metal en la carne, dejó sus mejores años  entre la cárcel y el muelle, viviendo del laburo atracador y desaduanado, primero con grúa, luego con pato, reunía al final de la jornada ganancias excesivas de los buques mercantes que en la mayoría de casos dejaban un “solidario” óbolo en sus  bolsillos.  Don “Fefefifo” y su corte  de galifardos,  puntos y contrapuntos, siempre ganaban precio en la balanza de la vida.

Yo, anduve un  tiempo de larga soledad frecuentando a estos viejos amigos que de alguna manera me acercaban  tercamente al recuerdo de mi pariente perdido hace poco tiempo, iba planchando a diario las calles del centro del Callao con botas de obrero americano, perdonando la envidia de los lacras que aguaitaban siempre el buen vestir y el andar “limpio”, rozando los hombros como zombi  de los seres oscuros  del Callao nocturno. Estas conversaciones del final de la tarde  que  procuraba siempre escuchar y recordar, se producían apenas cerradas las   grandes puertas del  mercado. Durante esos años contradictorios logré acumular valiosa información sobre la historia del corazón del Callao antiguo, que luego fue escrita en un diario como este, sobre mi amistad con  los  viejos vigilantes nocturnos, patrimonio ahora extinto del antiguo Mercado Central del Callao, personas misteriosas  en su vestimenta afranelada con desprecio por la moda, una facha “necesaria” para soportar el intenso frío de la madrugada. Ellos eran poseedores de una  imaginación sorprendente y creativa para la narración oral de la magia porteña y el contrapunto de noticias fúnebres; estos señores  siempre departían desde su cómodo puesto de vigía que era un sillón despanzurrado que alistaban para iniciar los monólogos, yo desde  afuera  del mercado asistía como un invitado y saludaba del otro lado de la reja, a veces llevaba un lonche o a veces les alcanzaba cigarros  por entre los barrotes a estos sabios nocturnos: Mutis García, Prada y Marín, quienes soltaban  espontáneas y profundas charlas  sobre la estampa de los chalacos de antes y sus tradiciones perdidas, sabían historias muy antiguas que provenían de la época cuando se construyó el mercado, sobre los desfalcos millonarios en la Tesorería del recinto con el cuento del plomo y las balanzas des- calibradas de los carniceros, la famosa tragedia del cargador de bultos Tomás Tapia, un estibador puneño quien  tuvo la mala fortuna de ser atrapado, en la cámara frigorífica mientras “colgaba” una res, por un mal viento o una mano siniestra que selló la puerta de acero y lo  sentenció a morir congelado, pues ni ellos, los vigilantes nocturnos  pudieron escuchar los gritos de frío del recio cargador esa madrugada. Sus conversaciones eran extensas y con datos precisos sobre fechas, locaciones, horas del día y descripción de “rostros señalados” de los principales de sus historias.  Siempre eran los mismos temas pesimistas, la misma chola pero con otro forro, muertes imprevistas y heroicas, inmensas plagas de ratas e insectos que brincaban toda la noche  sobre  los alimentos  que serían rematados al día siguiente al público, las tétricas “penas” o apariciones de almitas, frecuentes en la zona de los pescadores y marisqueros, y algunos otros temas  de fantasía correspondientes al Callao antiguo , perfectamente narrados por ellos, historias  que en ese momento deslumbraban mi imaginación de adolescente y que continuaré recordando.

Abrí la reja y salí…