CROQUIS DE LA PLAYA_Adalberto Varallanos

“La mañana se pasea por la playa vestida de sol”,

O. Girondo.

 A Ernesto Higuera, cerca al mar y frente al sol.

CALLAO… LA PUNTA. Avisan los letreros comedidos. El tranvía canta en las curvas la canción de 34 grados bajo cualquier persona. Intermedio de pobreza de paisaje entre Lima y Callao. Hay que ir a ver el mar una mañana que puede ser bonita, linda o solamente… hermosa. ¿Pero usted conoce de veras el mar?… ¡Ah sí, los hombres y las mujeres etcétera!, estamos en la tierra, en el mar o en el aire. Cuidado aviador, se va usted a caer. Y en el mar existen muchos peces, ¿no es cierto?, y marineros y capitanes que miran por la blusa o por la gorra. En el mar pueden hacerse muchas cosas, por ejemplo… ahogarse. Pero el mar con sus poemas de agua, con su horizonte que entra hasta la cocina de la casa con “vista al mar”, con su babita, con sus bañistas y sus buques. Paréntesis: ¿en alta mar, el buque está sobre el mar o so­bre el cielo?… al medio… ¡Ay! mar; como dice un poeta amigo, viejecito, ya no te tenemos miedo…

La Punta es un balneario, dicen, pero también puede dejar de serlo el día… el día que se ahogue. Las casas, por orden de la Providencia, están vestidas de domingo. Chalets, clubecitos lindos a bajo precio.

Nos ponemos sentimentales. Se puede, por ejemplo, llorar; por ejemplo, suspirar; por ejemplo, gemir; por ejemplo… bañarse.

En la playa. Es decir que hemos llegado a la playa. Puedo des­cribir, con palabra ajena, así: “Brazos. Piernas amputadas. Cuer­pos que se reintegran. Cabezas flotantes de caucho. La sombra de los toldos. Los ojos de las chicas que se inyectan de novelas y hori­zontes. Mi alegría de zapatos de goma, que me hace rebotar sobre la arena… Por ochenta centavos los fotógrafos venden los cuerpos de las bañistas. Bandadas de gaviotas que fingen el vuelo destro­zado de un pedazo blanco de papel. Ante todo está el mar. ¡El mar!, hasta gritar ¡BASTA!”…

Tierra, sol, agua y piedras. Se puede ser un conductor de olas. La playa está vestida de bañistas y de bañistos. Ella ha venido en su “Cadillac”, en su “Hudson” o en su “Chandler”… Aquí el agua es gratis, por cierto… Un diálogo. Mil amores suspendidos, cien deseos continuados y las ganas, hay para todo.

Nos paseamos, mediante la arena, calculando la sonrisa de las señoritas y del sol, ese gran testigo, alcalde del balneario.

Puede usted estar alegre, puede usted sentarse en la arena o decir que sí o que no.

¿A quién se le ocurrió comparar al mar con la mujer? (¡perdón señoritas!). A un romántico, por supuesto, por supuesto. Él y ella, ya sabemos, hay un él y una ella, y entre los dos puede caber un tercero… el sol o un niño. Sombrillas, su desnudez, su maillot y a veces: “AH, HIJA YO VENGO POR EL SOL”, dice una.

Hay que hacer algo para más tarde, respirar por otros o pensar en el viaje. Puros anhelos para un señor que va a ocupar un día de verano. Da lástima dejar una playa como a una “amada”.

El tranvía canta la vuelta y seguridad de la tierra…

La Punta, marzo, 1928.

Anuncios

Callao anterior por Carlos Estela

Colección Currarino

Colección Currarino

Una conspiración en conjunto con nuestros Ojos Propios, lleva a manofalsa como ola a La Punta. Nos encontramos con el cazador de imágenes, coleccionista incurable de postales: Humberto Currarino.

De nuevo el sonido constante acariciando las piedras hasta gastarlas mezclado con el alarido entre alas de alguna gaviota sobre nuestras cabezas. Camino a la cita el eco de la brevísima y estupenda descripción de La Punta en pluma de Adalberto Varallanos componía el contrapunto de este viaje al pasado acompañados por el doctor Humberto Currarino, coleccionista apasionado por las postales quien mantiene vivo un Callao del que se nos ha hablado cuando niños. A través de sus imágenes subsisten como en el mito de la ciudad sumergida, calles intactas, rostros, vestimenta y usos de épocas aquellas que excitan la pluma del Cónsul Madrépora; imágenes que nos inflan de ganas de hurgar, saber, construir, interpretar nuestro origen chalaco.

Don Humberto fue quien hizo público el trabajo de Luis Sablich, editor de postales afincado en el Callao mediante el libro editado por la Región hace algunos meses y próximamente nos sorprenderá con otro hallazgo fantástico de su infatigable colección.

¡Chim pum, Currarino!