¿Qué es una Hecatombe?

por Miguel Coletti

Según la biblia de la RAE, una ekatombe, en el mundo “grecorromano”, fue el sacrificio de cien bueyes en honor a los dioses (un solemne sacrificio de víctimas). En sentido figurativo, nos dice: “Gran mortandad”, “Desgracia, catástrofe”.

No creemos que el libro de nuestro amigo Vicente González: Tu presencia de hecatombe (Lima, Alejo Ediciones, 2008.), presentado en el torreón de la Reyna del Real Felipe (castillo de la independencia) el viernes 30 de abril, sea una desgracia o una catástrofe tal como reza el diccionario. Nada de eso. Nuestro buen amigo Vicente es un verdadero escritor experimental, desde su gusto instintivo por la locación exacta para presentar su libro, una antigua fortaleza militar contra piratas que data del tiempo de la colonia, hasta la compañía (S.A.; S.R.L.; E.I.R.L.) de los poetas amorosos como el San Miguelino Santiago Risso (publicó una antología amorosa; es además editor de este libro)y el siempre vital y también amoroso sanmarquino, el Doctor Winston Orrillo (ha publicado entre su vasta obra, E-mail del amor), quien dijo al público con potente voz que retumbó el torreón, que era corrector de tesis y catedrático universitario de médicos; y el poeta Manuel Pantigoso, de formación académica carioca, quien se deshizo a su vez en “buenaventuras” del libro en el discurso extenso que refirió.

foto Carlos EstelaEn representación de los políticos se encontraba, el vicepresidente Víctor Albretch, quien dio un rápido discurso y terminó como en campaña: Chim pum.. ¡Real Felipe!, se escuchó por la última fila de asistentes. Y así, entre tantos funcionarios y abogados, la mesa que convocó el buen Vicente estaba llena de amor y anarquía, y comenzó a aplicar la ley del libro a los porteños -entre todos, manofalsa- instalados como fieles en el recinto que parecía una capilla hueca.

La tapa del libro es realista e impresiona: un viejo cerro colorado. Su composición escritural navega entre la narración y la poesía y recorta la brecha. Atrae los ojos el cerro hacia la lectura marina -de un cerro posiblemente lleno de conchas de abanico- de este libro suelto de huesos y exageradamente muerto de amor. De un cerro que era un denuncio de un ministro, de un ministro que tenía un hijo vago. Aquí los buenaventuras y los… sembraron anarquía y animaron el paisaje de calaminas. Así nació el cerro, contra las leyes humanas (¿y las leyes de la física?) y los registros públicos y contra los senderistas malditos y contra la sociedad peruana conservadora de mierda, religiosa de mierda, que no sabía, como buena ignorante, qué se fraguaba en las faldas de arena de Cerro Colorado, ni siquiera que esas fuerzas combinadas del ejército y la marina no pudieron detener la revolución que echó cuerpo.

Y qué más importan, diría Buenaventura, todas esas leyes vanas de los seres humanos sobre la propiedad privada y la plusvalía -la tierra es lo que vale y lo que se construya pronto será demolido para dar paso a un edificio sin gracia- si hoy me veré contigo en la esquina de Colón y Wilson y me tragaré el humo de la tarde de los buses malogrados y grises para verte, después del humo, te veré de nuevo. El amor no es una desesperación V…..

Vicente habló bien de todos. Todos lo hicieron de él y lo seguiremos haciendo con justa razón.

A la salida del torreón de la reina.

Un bufete de abogados andante (un caballero andante diría alguien del público sobre Manuel Pantigoso) nos saludó amablemente en el soleado pasadizo de la fortaleza, llegaron de frac y engominados como gánsteres y se fueron dando taconazos en el piso pulido; con la mirada fija en los ojos de alguien inexistente. Se desataron risas, comentarios finales. Un anciano sabio, ex juez del Callao, preguntó al “bufete” hecho un cogollo: ¿Qué chuchede, qué chuchede?

A chu chalú, a chu chalú. Vino dulce de honor.

¡¡¡Chim Pum, Vicente!!!